1860/09/16. EL MUNDO MILITAR

BIOGRAFÍA DEL EXCMO. SR. CAPITÁN GENERAL DON LEOPOLDO O'DONNELL. DUQUE DE TETUÁN, CONDE DE LUCENA Y VIZCONCE DE ALLEGA. (Continuación). V.

El año de 1838 fue fatal para las armas carlistas en las provincias del norte; el Ejército isabelino, mejor pertrechado que en los años anteriores, prosiguió con vigoroso impulso las operaciones, y llegó a tomar sobrado ascendiente sobre sus adversarios; y para mayores males de estos en el campo del Pretendiente se introdujo la desunión.

2015-01-11 000834-190Leopoldo O'DonnellD. Leopoldo O’Donnell, aunque desempeñaba uno de los mandos más difíciles é independientes en el Ejército del Norte, deseaba emplear sus conocimientos y su valor en las grandes operaciones militares que á la sazón estaba ejecutando el mismo Ejército; y repetidas veces había solicitado del General en Jefe lo relevara del mando del cuerpo de la costa de Cantabria. El General Espartero, accediendo á sus deseos, le dio al mismo tiempo una señalada prueba de distinción, enviándole á fines de diciembre de 1838 la órden de pasar al Ejército de operaciones, como Jefe de Estado Mayor general del mismo. El 1º de enero se embarcó para Santander, y el día 7 se incorporó en Haro al cuartel general.

La discordia que se había introducido en el campo carlista, había dado ocasión, entre otros hechos, á la iniciación de las negociaciones entabladas entre los Generales Espartero y Maroto, que al fin dieron por resultado el convenio de Vergara. Estas negociaciones, iniciadas al terminar el año de 1838, fueron interrumpidas bruscamente por el General carlista al comenzar el año 1839, y en su consecuencia los dos se aprestaron á más cruda lid.

El general Espartero resolvió tomar la iniciativa en las nuevas operaciones y apoderarse de los fuertes de Ramales y Guardamino, que eran la llave de las posiciones carlistas en la provincia de Santander, y desde donde podían lanzar expediciones sobre toda la costa cantábrica y el principado de Asturias. Para llevar á cabo tan ardua empresa, el General Espartero hizo todos los preparativos necesarios; en las inmediaciones de Villarcayo se reunieron la división de la Guardia y la tercera y cuartaespartero 1General Espartero. del Ejercito del Norte, al mando respectivamente de los generales Rivero, Alcalá y Castañeda; un tren de sitio, cuatro compañías de zapadores, y el cuartel general del General en Jefe. El 17 de abril emprendió su marcha este Ejército con dirección al puerto de los Tornos. A corta distancia de Villarcayo encontró en la carretera de Lanestosa grandes obstáculos con que habían procurado obstruirlas los carlistas; habían abierto en ella en aquel paraje cuatro cortaduras, alguna de las cuales tenía 78 pies de longitud, 30 de ancho y 16 de profundidad; y para impedir la reparación de ellas hasta habían talado y reducido á cenizas un bosque contiguo; pero afortunadamente los carlistas no hicieron gran resistencia en aquel paraje; y los zapadores, bajo la dirección de su Brigadier D. Rafael Cortines, en seis días terraplenaron las cortaduras y construyeron un reducto que fué guarnecido por el tercer batallón del regimiento de Borbón. El día 24 prosiguió su marcha el Ejército con todas las precauciones que aquellos sitios escabrosos y la proximidad del enemigo exigían; la cuarta división se posesionó del pueblo de la Herada; la tercera se estableció sobre el Camino Real, junto al sitio llamado el Juncal de Laudias; y la de la Guardia quedó apostada á las inmediaciones del reducto. Colocado el Ejército en esta disposición, el General Espartero, después de reconocer el terreno desde lo alto de las peñas de Lobera, dio la órden de ocupar Lanestosa y Sangrices. El día 23 se invirtió en terraplenar otras dos cortaduras que había en la carretera cerca de Lanestosa. El 26, á causa de una densa niebla, no pudo el Ejército continuar su marcha hasta las siete de la mañana; á esta hora, después de dejar un batallón cubriendo la Herada, avanzó el grueso del Ejército sobre las alturas de Ubal, desde donde se descubría al Ejército enemigo, fuertemente apoyado en la ermita del Buen Suceso, dominando el valle de Carranza. El Conde de Luchana con su cuartel general y algunas compañías de tiradores subió á las peñas del Moro, que forman el límite de las alturas de Ubal, y con las peñas de Lobera constituyen el hondo desfiladero que conduce á Ramales.

1860/09/23. EL MUNDO MILITAR

BIOGRAFÍA DEL EXCMO. SR. CAPITÁN GENERAL DON LEOPOLDO O'DONNELL. DUQUE DE TETUÁN, CONDE DE LUCENA Y VIZCONCE DE ALLEGA.

(Continuación). VI.

04-2015-01-04 16.09.57-307La Peña Lobera desde el Pico del Moro (Fotografía: Marduk).Tres boquetes conducen desde Lanestosa á Ramales; el principal, por donde va el camino real es el de Ramales; a su derecha está el boquete del Moro, y a su izquierda el del valle de Soba. Reconocidos por el General en Jefe estos tres caminos, eligió para la marcha del Ejército el de Ramales; pero los tres desfiladeros estaban cuajados de obstáculos; los carlistas habían hecho en ellos muchas zanjas y parapetos en todas las escabrosidades que ofrecían. El desfiladero de Ramales se abre entre las bases de las altas peñas de Lobera a un lado, y del otro de las del Moro y Mazo, que se elevan verticalmente á más de trescientos pies sobre la carretera; el paso de este desfiladero estaba defendido por varios batallones y por una cueva fortificada, en que los carlistas, además de confiar su custodia a soldados valerosos, habían situado perfectamente en ella una pieza de a cuatro que barría todo el camino, el cual también estaba enfilado por los fuegos algo lejanos del castillo de Guardamino. El General Espartero, antes de arriesgarse a forzar tan peligrosos pasos, retó al Ejército enemigo a campal batalla; pero viéndolo inmóvil en su fuerte posición, resolvió la marcha del Ejército para el 27.

Arriesgado era por demás el paso de los desfiladeros: el Ejército isabelino, empeñado en forzarlos, se veía307-General-Maroto-186General Maroto. amenazado de flanco por el Ejército carlista, situado en el valle de Carranza. El General Espartero dispuso que la división Castañeda (la cuarta), marchase atacando y extendiéndose por las alturas de la derecha; la división de la Guardia quedase en reserva y observando los movimientos del General Maroto; y él mismo con la división Alcalá (la tercera), empeñaría el combate por el desfiladero, marchando por el Camino Real. Para que la tercera división pudiese empeñar este combate con éxito, era indispensable forzar el boquete del Moro, situado en la extrema derecha isabelina, a fin de dominar el boquete de Ramales y las alturas del Mazo. Esta dificilísima operación, la más arriesgada que debía ejecutarse en aquel día, como así la hemos visto calificada en la biografía del General Espartero, fue confiada por éste al General O’Donnell.

Dada la señal del combate, todas las divisiones avanzan con paso firme y rápido hacia las posiciones carlistas. D. Leopoldo 0’Donnell, a la cabeza de una brigada de la cuarta, trepa por el cuerpo de las eminencias del Moro y Mazo, con tanto ímpetu y decisión, que los carlistas que las defendían se ven obligados a replegarse sobre la masa de sus tropas. Recobrados de la primera impresión vuelven al combate con rara tenacidad: siete batallones carlistas, a las órdenes de los Jefes Latorre y Castor, disputan palmo a palmo el terreno á la brigada O’Donnell, en parajes donde los soldados apenas podían sostenerse de pié. Vencidos los primeros obstáculos, faltaba para forzar el paso desalojará dos batallones enemigos que se hallaban apostados en lo alto de una peña que cortaba el desfiladero, bajo el amparo de un atrincheramiento que la enfilaba en toda su extensión. Para ejecutar esta arriesgada operación, el General O’Doonell ordenó al batallón de Oviedo que se apoderara de las alturas de la derecha, mientras él marchaba de frente por el desfiladero a la cabeza de los restantes batallones de la brigada. Sangrienta y tenaz lucha se trabó entonces en aquel paraje casi inexpugnable y defendido con extremada bizarría por los carlistas; pero al cabo se vieron estos obligados a abandonar aquellas formidables posiciones y a replegarse sobre Ramales y Guardamino; con lo cual quedaban envueltas las tropas carlistas que defendían el desfiladero por donde debía marchar el grueso del Ejército.

10550903 1517936075152880 107850391352640480 n-307La Canal del Moro (Foto: MSabino Díaz García).Entre tanto, y viendo el General Espartero que O’Donnell casi tenía cumplida la misión que se le había confiado, había dispuesto atacar la cueva fortificada que defendía el paso del boquete de Ramales. Todas las tropas de la tercera división rompieron sus fuegos simultáneamente sobre los defensores de la cueva, y ocho piezas colocadas en batería, lanzando incesantemente balas rasas, se dirigían a desmontar la pieza de a cuatro con que los carlistas vomitaban una lluvia de metralla en la estrechez del desfiladero. Siete horas se mantuvieron los valerosos defensores de la cueva sufriendo aquel fuego espantoso que los consumía; al cabo de las cuales, muertos la mayor parte de ellos, y viéndose los pocos que quedaban, faltos de los auxilios que debiera haberles prestado el General Maroto, y envueltos por la derecha por las tropas del General O’Donnell, se rindieron a discreción; con lo cual quedó abierto y franco al Ejército isabelino el paso de los desfiladeros.

A esta feliz y rápida operación contribuyó mucho la injustificable inacción en que se mantuvo aquel día el General Maroto.

El General O’Donnell, con la brigada que con tanto acierto y valor había dirigido en aquel día, permaneció en las posiciones por él conquistadas hasta la llegada del tren de sitio.

Carlista 1-200Trinchera carlista.Diez días empleó el Ejército isabelino en allanar los caminos que conducían á Ramales y Guardamino, puntos objetivos de la expedición; en mejorar sus posiciones reconcentrándose sobre el boquete de Ramales y las alturas del Moro; en sostener ligeras escaramuzas con las avanzadas carlistas; en construir un puente sobre el rio Soba y en levantar baterías próximas a Ramales y a tiro de cañón de Guardamino. Antes de romper el fuego sobre el primero de dichos puntos, intentó varias veces el General Espartero, aunque inútilmente, sacar al enemigo de sus fuertes posiciones de Carranza, provocándole a una batalla decisiva. El día 8 de mayo, a las seis de la mañana, dos baterías avanzadas rompieron el fuego contra las dos casas fuertes que protegían el pueblo de Ramales; las baterías carlistas contestaron con bastante vigor y acierto. Las tropas carlistas que ocupaban el pueblo, apenas oyeron el primer cañonazo de los isabelinos, le prendieron fuego, y se retiraron a las dos casas fuertes mencionadas. El General Espartero mandó batir primero la casa de la izquierda hasta destruirla, y después la de la derecha, A las dos y media de la tarde, la casa de la izquierda casi no era más que un montón de escombros, y la de la derecha se hallaba muy conmovida; por lo cual el General creyó llegado el momento de asaltarlas, y ordena a sus tiradores avanzar sobre ellas. Trepan los tiradores por la escarpada eminencia sobre la cual se halla situado Ramales; los defensores de las casas fuertes las abandonan; pero al llegar sus contrarios cerca del glasis de Ias mismas, varios batallones carlistas se desprenden de las alturas inmediatas, y cayendo impetuosamente sobre ellos, los obligan a retroceder precipitadamente y a replegarse sobre las baterías donde se encontraba el General en Jefe. Entonces el General O’Donnell a la cabeza de cuatro batallones de la tercera división, que estaban en reserva, sale al encuentro de los batallones enemigos y los rechaza y obliga a retirarse, después de una encarnizada lucha, sobre las posiciones que ocupaban en las montañas. Entre tanto el incendio se había propagado por todo el pueblo de Ramales, y los batallones isabelinos, para acampar, tuvieron que abrir una trinchera sobre el glacis de las fortificaciones y en toda la extensión de su recinto, afín de precaverse de un golpe de mano: el cuartel general, con algunos batallones, fijó su campamento frente de Ramales.

Faltaba la rendición del fuerte de Guardamino: este fuerte era la corona de un espacioso anfiteatro formado por diferentes colinas, todas ligadas fuertemente por robustos atrincheramientosTrinchera carlista de CusachsTrinchera carlista. Jos Cusachs y Cusachs. Museo Carlista. Gobierno de Navarra. Estella-225Trinchera carlista. erizados de balerías, que enfilaban el frente y los costados de la línea que tenía que seguir el Ejército isabelino. En los días 9 y 10 de mayo las baterías levantadas estuvieron jugando contra dicho fuerte, con poco provecho, porque solo servían de blanco a sus disparos las crestas de aquel baluarte, cuyo pie y cuerpo principal estaban ocultos por la distancia y las sinuosidades del terreno. El día 10 el General O’Donnel recibió una fuerte contusión de bala de cañón; pero se mantuvo firme en el campo de batalla hasta la terminación de las operaciones. El día 11 de mayo fue el destinado por el General Espartero para atacar los atrincheramientos que defendían a Guardamino e impedían su circunvalación. El General Espartero empeñó por sí mismo el combate con tres batallones; el General O’Donnell, después de prevenir a los escanear0632-200Posiciones carlistas.Generales Alcalá y Castañeda los movimientos que debían ejecutar, marchó á la cabeza de cinco batallones formados en masa por escalones, á sostener el ataque dirigido por el General Espartero, para lo cual tuvo que pasar bajo los fuegos del fuerte, que eran a la vez de artillería y fusilería. Después de un reñidísimo combate, el General Espartero, al frente de su escolta, y el General O’Donnell, a la cabeza de dos batallones consiguen, a impulsos de una vigorosa carga en que la escolta del primero solamente tuvo 40 bajas, arrebatar a los carlistas la llave de aquellas formidables posiciones. Los carlistas que defendían los atrincheramientos, viéndose acometidos por todas partes, y que el General Maroto, continuando siempre en el valle de Carranza, no venía en auxilio de ellos, los abandonan y se precipitan por las vertientes opuestas de la montaña que van a parar al valle de Gibaja. Esta fuga les fue muy funesta, pues sufrieron largo rato los fuegos de la infantería isabelina y de una batería de montaña; y al llegar al puente de Gibaja fue tan grande el número de fugitivos que en él se agolpó, que se desplomó, y muchos encontraron la muerte en las agitadas aguas del Riodoba. Aquella noche quedó circunvalado el castillo de Guardamino, y a la mañana siguiente su Gobernador, obedeciendo una orden del General Maroto, lo entregó al General isabelino.

1839vergara-224Abrazo de Vergara, 1839.

 Esta victoria de las armas isabelinas decidió del resultado de la guerra civil. El General O’Donnell, terminadas estas operaciones, tuvo que guardar cama quince días para restablecerse de la contusión que había recibido. S. M. la Reina recompensó su distinguido comportamiento con la Gran Cruz de San Fernando.

 José Sidro y Surga.